Texto de prueba acerca de aquella noche en un bar de San Telmo

 Y así, sin previo aviso, empezaron a discutir. Empezó ella con pequeños reproches camuflados en frases que intentaban ser casuales y desintereadas. Yo las cacé al toque, pero él tardó varios minutos en comprender de qué iba la charla de ahora en más. Por algún extraño motivo soy experto en captar reproches en conversaciones ajenas. No así en las propias. 

Saqué el celular y busqué refugio en él. No tenía datos. Las redes sociales quedaban descartadas. Quizás whatsapp. A mi lado, la escena se extendía y no daba señales de finalizar a la brevedad. Le subí el brillo a la pantalla. Entré a whatsapp. Scrollée con el dedo pulgar, bajando por los chats. Llegué al final. Volví a subir. Realmente no prestaba atención a lo que hacía, solo me limitaba a subir y bajar entre las conversaciones, pero sin entrar a ninguna en particular. Tampoco habían notificaciones nuevas, excepto de un grupo al que había ingresado hace dos días, buscando alguna distracción. El número 145 dentro del círculo verde de los mensajes sin leer me dio una mínima esperanza de evasión. Calculaba diez minutos leyendo interacciones entre completos desconocidos. Lo tomaba. Entré al grupo. 145 mensajes, de los cuáles por lo menos 100 eran stickers de gatitos. El mundo era un lugar hostíl y desconcertante, y las aplicaciones de mensajería solo parecían fomentar esos comportamientos. 

Finalmente desistí, y volví a guardarme el celular en el bolsillo de la campera.


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